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Igual que ocurre con muchos otros asuntos relacionados con la historia de este Archipiélago, no hay una tesis universalmente aprobada y confirmada que explique qué llevó por primera vez a nuestros antepasados a reunirse en un terrero para intentar tumbarse los unos a los otros como medio alternativo de pasar el rato.

Lo que sí se sabe, gracias a las crónicas de la Conquista que existen, es que los aborígenes practicaban un tipo de lucha consistente en tumbar al contrario sin hacerle daño. También se sabe que utilizaban estas luchas para resolver conflictos o solucionar problemas sobre la propiedad de los terrenos.

De estas luchas deriva, a grandes rasgos, la actual lucha canaria.

El problema radica en que estas crónicas describen cómo eran estas luchadas, pero no el origen de estas. Así que lo único que nos queda es recurrir a las hipótesis y a la lógica.

La teoría más extendida defiende que, dado que todos los cronistas coinciden en que se practicaban luchas en todas las islas y que el contacto entre los aborígenes de las diferentes islas era casi nulo, la lucha debía de venir “de fábrica” con los primeros pobladores que llegaron a cada una de las islas.

Esta teoría argumenta que los primeros aborígenes, de posible origen bereber, trajeron consigo su forma de lucha como un elemento cultural más. El aspecto que da peso a la misma es que existen tipos de luchas en la zona norte de África similares a las luchas que se narran en las crónicas. En ellas ya se describen algunas mañas que todavía se usan como la pardelera y la tronchada. De esta época hay que destacar que los luchadores, para hacer más difícil el acabar siendo tumbados, untaban sus cuerpos en manteca y el único “atrezzo” que llevaban eran el tamarco.

No es hasta el siglo XIX que empieza a haber un mayor número de documentos sobre la luchada. En esta siglo, aunque las clases altas la despreciaban por considerarla muy vulgar, la lucha está muy arraigada en las islas y se celebran grandes luchadas entre los pueblos, llegando a durar algunas varios días y reuniendo a centenares de luchadores. 

De estos años, hay que destacar que aún no existía un reglamento escrito y que las normas eran fijadas antes del comienzo de cada luchada y que los equipos eran por bandos, comarcas o pueblos. Es decir, no había equipos como ahora y si un luchador de La Matanza se mudaba a Tacoronte pasaba a jugar para este pueblo sin necesidad de pedir la carta de libertad ni rescindir contrato.

Ya en los años treinta del siglo XX nuestro deporte vernáculo comienza a regularse y donde nace la primera Federación de Lucha Canaria en ambas provincias. Es a partir de aquí donde la luchada deja de ser un acto folclórico y se convierte en un deporte regulado con sus normas, sus reglamentos, sus equipos federados y sus árbitros.

Eso sí, a pesar de los siglos, los valores de respeto, consideración, deportividad y nobleza que defiende nuestra lucha permanecen invariables.

 

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