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No hay guachinche o cantina de fútbol isleño que se precie que no ofrezca entre su selecto menú gastronómico un buen plato de chochos, que se ha convertido en uno de los clásicos acompañamientos para el vasito de vino del país en invierno o la fresca caña de cerveza cuando aprieta el calor. De hecho, este manjar, que hace años parecía haber quedado desfasado vuelve a estar de moda.

Se trata de una leguminosa de la familia Fabaceae y la subfamilia Faboideae, dentro de la cual se encuadran varias las especies botánicas. Las más conocidas son el chocho blanco (lupinus albus), procedente de la franja mediterránea, y con gran arraigo en la España peninsular, así como el chocho azul (lupinus mutábilis), también conocido como chocho amargo o tarwi, originario de los andes bolivianos, peruanos y ecuatorianos.

Su peculiar nombre, que aún hoy provoca sonrisas y sigue dando pie a pícaros comentarios, procede de la lengua Quechua. Sin embargo, solo se le conoce como chocho en Canarias y Andalucía, mientras que en la Península utilizan el término altramuz, derivado del árabe, e incluso hay quien, en un alarde de refinamiento hay quien se refiere al fruto de esta planta como entremozo, lupin o luino. (¿Habrá necesidad?).

Su cultivo se introdujo en el Archipiélago desde hace siglos. Sin embargo, su primera utilidad fue como abono, incluso se empleó habitualmente su planta como leña. Con el paso del tiempo, se empezó a usar como alimento para los animales y, por último, para el consumo humano.

Aunque no es una planta que exija gran cantidad de agua, los terrenos de medianías de las Islas constituyen una zona muy propicia para su cosecha. En Canarias la época más idónea para la siembra es el otoño, mientras que la recogida se hace en verano, pero en días en los que no haga excesivo calor, o, según la tradición, en noches de luna llena, con el objetivo de que la planta esté fresca y al arrancar el fruto no se pierdan las semillas.

En los campos canarios también se recurre al chocho como cultivo de rotación con el cereal o la papa, precisamente por sus propiedades como abono natural que ayuda a sanear la tierra de las fincas.

Su máximo apogeo como alimento para el hombre tuvo lugar en los periodos de guerras por su gran cantidad de proteínas, y ante la escasez generalizada de carne y pescado.

De hecho, aportan muchas más calorías que otros granos y son fuente de grasas insaturadas, así como de vitaminas B y E. Así, son un potente antioxidante y una eficaz fórmula para combatir el colesterol, el ácido úrico y para eliminar los parásitos intestinales. 

A pesar de todos estos beneficios, su complejo proceso de recogida y la laboriosa preparación de la salmuera para suprimirles su amargor natural y hacerlos comestibles para los humanos han hecho que esta leguminosa sea una de las menos explotadas.

Conociendo todas estas propiedades, que lo convierten en un alimento saludable y barato, deberíamos animarnos a pedirlos con más frecuencia como acompañamiento para el vasito de vino del aperitivo o la cervecita de rigor en los tórridos días de verano que ya aguardan a la esquina. Eso sí, hágalo con moderación, porque en la letra pequeña de este singular alimento también figura que si se consume en abundancia provoca flatulencias. El que avisa no es traidor.

Fuente foto: Dorisvb

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