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Cuando visitas por primera vez Lanzarote, te llama la atención su paisaje rural y volcánico así como, el manto blanco que forman sus pequeñas casas aisladas con puertas verdes.

Con siglos de historia a su espalda, la tercera Isla más poblada del Archipiélago canario ha sabido conservar la mayoría de sus tradiciones y su arquitectura, que se ha visto, durante décadas, condicionada por el clima y la lluvia.

Los conejeros, gentilicio que reciben sus habitantes, se vieron en la necesidad de aprovechar este bien tan escaso que se convirtió en uno de sus principales males en los años 60 y por eso, decidieron pintar sus casas de color blanco para que funcionase como espejo ante los rayos solares.

Consiguiendo que no se elevase la temperatura en el interior de sus viviendas y gracias a sus azoteas inclinadas, lograron recolectar el agua de la lluvia y su color permitió que estuviese limpia.

Otra de las características de Lanzarote son sus puertas verdes. De 1430 a 1850 no existían ferreterías en la Isla sino almacenes que vendían materiales para la construcción. La falta de variedad en el mercado, hizo que sus pescadores aprovechasen la pintura de sus embarcaciones para adecentar sus viviendas, decoradas con piezas de cerámica y alfarería.

Aunque César Manrique, artista referente para la Isla, no impuso esta regla de pintado, si insistió en la necesidad de crear un modelo que conservase las tradiciones y la cultura. Gracias a su legado e insistencia, Lanzarote sigue vistiendo hoy su manto blanco.

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